
En la búsqueda constante de opciones más sostenibles, las bolsas biodegradables han surgido como una alternativa aparentemente amigable con el ambiente. Estos materiales biodegradables pueden descomponerse en componentes monoméricos o poliméricos, como la biomasa, el agua y el dióxido de carbono o metano, a través de microorganismos en condiciones adecuadas. Los “bioplásticos” son plásticos que (1) sean biodegradables; o (2) pueden o no ser degradables, pero se producen a partir de materiales biológicos o materias primas renovables (Atiwesh et al., 2021).

En términos de categorías, los bioplásticos, considerados alternativas ecoamigables a los plásticos convencionales, se dividen principalmente en oxobiodegradables e hidrobiodegradables (Iwata, 2015). Los primeros, compuestos por polímeros derivados del petróleo junto con aditivos prodegradantes, experimentan un proceso de degradación catalizado por elementos como sales de manganeso o hierro. Este proceso, sin embargo, puede llevar meses o incluso años. En contraste, los hidrobiodegradables, como los basados en almidón o ácido poliláctico (PLA), se descomponen hidrolíticamente a un ritmo más acelerado.
La incertidumbre en torno a los beneficios reales de los plásticos biodegradables no es nueva, remontándose al menos a 2015. Informes indican que la adopción de productos plásticos etiquetados como «biodegradables» no ha logrado una disminución significativa en la cantidad de plástico que ingresa a los océanos ni ha reducido el riesgo de impactos físicos y químicos en el ecosistema marino (UNEP, 2015). Investigaciones más recientes, como las de Napper et al. (2019), incluso revelan casos de bolsas biodegradables que permanecen casi intactas después de tres años en entornos marinos.

Figura 1. Experimento de una bolsa de plástico biodegradable después de 3 años en el medio marino y puede contener una bolsa llena de compras. Fuente: Imogen Napper, 2019.
La Fundación Ellen MacArthur (2016) destaca que, en teoría, los plásticos biodegradables podrían ser una opción viable, siempre y cuando exista una infraestructura adecuada para su recolección y valorización, preferiblemente a través de procesos como el compostaje. Sin embargo, la coexistencia de características reutilizables/reciclables y biodegradables en un solo producto es actualmente poco común debido a limitaciones tecnológicas y diferencias en la infraestructura necesaria para su adecuado manejo. Además, subrayan que, en la mayoría de los casos, el reciclaje prevalece sobre el compostaje en términos de contribución a la circularidad del modelo económico.
La controversia se amplifica cuando se consideran los aspectos ambientales de la producción de bioplásticos. El uso de tierras agrícolas para cultivar materiales como el maíz, destinados a la fabricación de bioplásticos, compite directamente con la producción de alimentos, planteando preocupaciones sobre un posible aumento en los precios alimentarios y sus consecuencias socioeconómicas (Popp et al., 2014).

La descomposición de bioplásticos biodegradables se considera una ventaja, ya que puede ocurrir mediante mecanismos microbianos, integrándose inofensivamente con el suelo. Sin embargo, algunos bioplásticos de baja degradación o no degradables requieren condiciones específicas, como altas temperaturas o tratamientos en compostadores especializados (Hermann et al., 2011). En el proceso de compostaje, algunos liberan gas metano, un potente gas de efecto invernadero, contribuyendo así al desafío del calentamiento global (Knoblauch et al., 2018).
Estudios recientes han arrojado luz sobre el impacto ambiental total de los bioplásticos. La producción de bioplásticos, según algunas investigaciones, puede generar mayores cantidades de contaminantes, incluyendo el agotamiento de la capa de ozono, en comparación con los plásticos tradicionales derivados del petróleo (Cho, 2017). Además, ciertos bioplásticos han sido asociados con riesgos para la salud, siendo identificados como carcinógenos potenciales y causantes de efectos tóxicos en los ecosistemas terrestres (Sabbah y Porta, 2017).

Sin embargo, no todo es negativo. Algunos bioplásticos, como el PLA, muestran características ecológicas positivas. La producción de PLA, por ejemplo, consume dos tercios menos de energía que la fabricación de plásticos tradicionales (Woodford, 2020). Durante su descomposición, no se produce un aumento neto de dióxido de carbono, ya que las plantas utilizadas en su producción absorben la misma cantidad de CO2 que se libera durante su descomposición (Elsawy et al, 2017). Además, se ha evidenciado que el PLA emite un 70% menos de gases de efecto invernadero cuando se degrada en vertederos (Iwata, 2015) y que su la sustitución del plástico tradicional por bioplásticos PLA a base de maíz puede reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 25% (Cho, 2017).
La adopción de bolsas biodegradables plantea desafíos en términos de gestión de residuos. A pesar de las expectativas iniciales, estos plásticos no resuelven completamente el problema de la contaminación y, en algunos casos, pueden agravarlo. Por lo tanto, se requieren regulaciones claras, programas educativos y medidas económicas para influir en el comportamiento humano. Aunque los avances tecnológicos pueden nivelar el campo entre plásticos biodegradables y convencionales, el enfoque clave radica en una perspectiva integral y de ciclo de vida. Las bolsas biodegradables no son la única solución; es crucial evaluar cuidadosamente su aplicación en comparación con otras alternativas.
Referencias:
